The fear
domingo, septiembre 20, 2009
Así que, como no duermo, me he quedado sentada en la cama mordiéndome las uñas y preguntándome cosas. Y he pensado. He pensado fríamente, porque aunque las pastillas no me hayan dado sueño sí que me han relajado, y está muy claro que yo necesito estar relajada para poder pensar fríamente casi cualquier cosa, desde qué voy a hacer con mi vida el resto de mi vida hasta qué ropa me voy a poner mañana.
Bien. Sin contar los breves apartes mentales centrados en tíos sin camiseta corriendo a cámara lenta por una verde y florida pradera, he pensado en el miedo. Vaya combinaciones, lo sé. Tío sin camiseta- miedo- otro tío sin camiseta- miedo- muchos tíos sin camiseta- miedo- miedo- miedo. Adiós, hombres semidesnudos de mi fantasía.
Llevo dos semanas que parecen dos meses o dos años o mucho tiempo a secas acompañando a mi miedo. Voy con él a todas partes. Somos mi miedo y yo, su mascota y mejor amiga, recorriendo la casa y la calle y hablando con la gente. Bueno, con la gente habla él. Yo me limito a quedarme sentada donde mi miedo tenga a bien amarrarme con ese nudo en el estómago que utiliza para inmovilizarme cuando me apetece emitir algún ladrido de persona libre y confiada. Alguna vez me escapo y lo hago, y aúllo desde el corazón y con todas mis fuerzas, hasta que el miedo vuelve a sujetarme y se venga apretando el nudo un poco más, para que aprenda a temerlo y respetarlo. Creo que empieza a hartarse de mis intentos de rebeldía. Supongo que ésa es la razón de que me envenene las noches y me ponga bilis en el café. Trata de agotarme para que me deje domesticar por él y acate sus normas para siempre, me porte bien y no haga nada, ni siquiera pensar ni hacer listas ni intentar expresarme ni nada que exija un leve resquicio de valor o voluntad. Mi miedo me castra a todos los niveles.
Y yo, pues me voy acostumbrando. Como de su mano. Le he cogido miedo a mi miedo. Le he reservado la mejor habitación que tengo, y tal vez tire la llave de una vez por todas. Supongo que mi vida sin él no tendría sentido. Es el último clavo caliente que mi pequeña mano de uñas mordidas tiene cerca. Mi última excusa y la más verdadera.
