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Fiebre

viernes, marzo 30, 2007

El bar está lleno de gente, porque debe ser la hora de descanso de los albañiles de enfrente. Incluso por encima de la música que me lame los oídos puedo escuchar la algarabía, los comentarios jocosos, risas, quejas, pedidos. He elegido el peor sitio para sentarme, el fondo de la barra, que queda justamente al lado de la máquina de tabaco y de la entrada de los servicios. Ir y venir. Así que me inclino todo lo que puedo sobre mi libreta llena de manchas de café, como si alguien intentara copiarme. Scratch, scratch. No lo oigo, pero pienso en ese tranquilizador sonido del pilot rasgando el papel, rellenando homenajes a mi tiempo desperdiciado. Scratch, scratch. Fffd, ffffd.

Como de incógnito asomo un ojo por encima de las gafas de sol, pero es un ojo traicionero con muchas dioptrías que falla en su misión de averiguar la hora. La cabeza, como si fuera un bulbo rojo y fibroso, se me hincha y deshincha por dentro. Los dientes me están creciendo y lo noto, pero menos que la jaqueca. Tengo fiebre, no, es que no he dormido, tal vez esté soñando, no, quizá debería hablar con alguien, no, el doctor. No cancelé la cita. Ahora tendré que cambiar de médico. La última vez la enfermera me hizo preguntas. Una mujer sagaz, creo que podía ver por debajo de mi mejor sonrisa falsa evitando las ojeras, me veía cuando me abalanzo sobre la caja de pastillas como si me fuera la vida en ello.

-¿Cuándo fue la última vez que viniste?

(-¿Sabe usted que estoy harta de todo esto?)

Vine la semana pasada. Y usted lo recuerda. Balbuceando di toda clase de pormenores inadecuados sobre mis dolencias, que usted interpretó como las excusas que realmente eran.

Los albañiles empiezan a irse. Miro a algunos intentando imaginarme a sus familias. A sus mujeres, a sus hijos. De algunos sólo me puedo imaginar las prostitutas con las que pasan los sábados por la noche. Dominicanas maternales que les acarician el pelo. Duerme, dulce príncipe.

Decididamente tengo fiebre.

Pido un vaso de agua y entro al baño. Tengo un aspecto terrible, pero no tanto como cabría esperar, con mis síntomas: no parezco ningún trozo de carne sanguinolenta sacado de alguna película de David Cronenberg. Parezco sólo cansada y enferma. Incluso aburrida. Deprimida. Incluso lesbiana. Creo que me he cortado demasiado el pelo.

Cuando salgo del bar está anocheciendo. No hay demasiada gente por la calle. Vuelvo a casa con una leve sensación de vértigo. Es agradable.

Estoy tan cansada de estas tardes solitarias.

Química

viernes, marzo 09, 2007

Estas noches, o mejor dicho madrugadas, en las que espero la aparición del modo pestañeo lento –una vez administrada mi dosis de benzodiacepinas y amitriptilina- tejo una confusa tela de araña con los restos de algunos sentimientos encontrados. Por un lado, me encuentro satisfecha observando cómo el terror indomable que por las noches se estuvo cebando en mi maltrecha figura va cediendo significativamente, y por el otro me doy de bruces con una tristeza apenas recordada que venía antiguamente de visita al oscurecer, puntual e inquebrantable, y me acompañaba hasta el momento de ir a dormir. Mis nuevos terrores y miedos nocturnos me hicieron olvidar a esta conocida amiga durante bastante tiempo. Ahora que el miedo empieza a disolverse ella vuelve con su infalible tesón a darme el beso de buenas noches mientras echa un pulso con la química, que ésta última siempre termina por vencer, ganando el premio y arrastrándome a otros niveles de conciencia diferentes de los de costumbre, sin pesadillas, insomnio o dificultad para conciliar el sueño, sin parálisis, sin imaginarios y malintencionados visitantes.

No obstante esta señora aprovecha bien la media hora laboral de las pastillitas provocándome un decaimiento general y oscuro, y me susurra al oído con aviesas intenciones , hecha una Casandra posmoderna, un resumen de lo que será mi existencia: un continuo ir y venir alrededor de un centro siempre equivocado, un tenaz recorrido circular infinito, una repetición plagada de angustia, de pataletas, de caminatas a la gasolinera pasada la medianoche, con la ropa interior sucia y la mente más sucia aún y, a todo esto, el abrigo encima del pijama. Por ahora sólo se inflaman los objetos y hay interrupciones aburridas y lánguidas en el curso de mis pensamientos, como la parada obligatoria en una sórdida estación de servicio en un viaje nocturno en autobús. La medicación cumple su objetivo, borra una parte de mí misma que me molesta, sin poder hacer nada contra otra parte de más envergadura y tradición como es la típica melancolía fatal precedente a mi descanso.

El simpático trío invencible (Lexatín-Tryptizol-Stilnox) que domina en mi recetario me imposibilita de tal forma que a estas horas no soy capaz de sentir nada más que sueño, una lasitud irresistible que llega armada, y poderosamente, con suaves brazos de ninfas o ángeles o espíritus benignos o qué sé yo que me arrastran con caricias a la cama, y allí terminan de dormirme con una especie de soplo hipnótico y celestial. El sopor es tan agradable y tranquilizador que si encontrara a un extraño en mi cama no me alteraría en absoluto y me limitaría a darle un codazo para que me hiciera sitio. Todo es tenue y suave, y entonces la sonrisa que esbozo, ya medio inconsciente, toma el testigo de las antiguas lloreras que tradicionalmente me asistían en este proceso. Y duermo como nunca en mi vida lo he hecho, y al levantarme al día siguiente lo primero que pienso es: santificada sea la química, adorada y glorificada, porque con el sueño siempre me olvidaré de pedirte que te emborraches, que te quedes a dormir, que me dejes meter la cabeza entre tus piernas y finjas que interpretamos el episodio piloto de un serial que nunca verá la luz y tras el cual nada habrá cambiado: seguiremos hablando, seguiré medicándome, seguiré durmiendo y sintiéndome casi religiosa al pensar en el zolpidem. Y eso es lo que pienso ahora y seguiría escribiendo acerca de todo ello, pero ya noto una mano dulce que no es de este mundo tirando de mí y susurrándome que es hora de irse a la cama.