<body><script type="text/javascript"> function setAttributeOnload(object, attribute, val) { if(window.addEventListener) { window.addEventListener("load", function(){ object[attribute] = val; }, false); } else { window.attachEvent('onload', function(){ object[attribute] = val; }); } } </script> <iframe src="http://www.blogger.com/navbar.g?targetBlogID=33702674&amp;blogName=No+A+Todo%2F%2F+Ana+Ca%C3%ADna&amp;publishMode=PUBLISH_MODE_BLOGSPOT&amp;navbarType=BLACK&amp;layoutType=CLASSIC&amp;searchRoot=http%3A%2F%2Ficonoplasta.blogspot.com%2Fsearch&amp;blogLocale=es_ES&amp;homepageUrl=http%3A%2F%2Ficonoplasta.blogspot.com%2F" marginwidth="0" marginheight="0" scrolling="no" frameborder="0" height="30px" width="100%" id="navbar-iframe" allowtransparency="true" title="Blogger Navigation and Search"></iframe> <div></div>


Mierda pura

martes, octubre 06, 2009

¿Sabéis cuando alguien os sonríe y todo es falso de repente? ¿Cuando véis una mirada siniestra en los ojos de un amigo del pasado, en una foto vieja? ¿Cuando sólo existe el plástico barato y el neón y las putas de Antena 3?

The fear

domingo, septiembre 20, 2009

No puedo dormir. Hace tres horas (3) tomé tres pastillas (3) cuyas propiedades en conjunto son, resumiendo, hacerte caer como un caballo (o tal vez un pony, en mi caso) pesado y moribundo que hiciera plof, con un golpe seco y breve, lleno de carga dramática, contra el duro suelo de Texas (o tal vez mi cama, en mi caso). Yo ya lo dije, confío en la química. Pero ella me ha fallado. Una de mis innumerables listas, que si mal no recuerdo llamé Por qué hay esperanza o algo igual de estúpido, tenía a la química como estrella definitiva. Era el elemento principal, el elemento sin el cual mi lista Por qué hay esperanza podría muy bien llamarse Por qué a mí o Esto ni siquiera es una lista.
Así que, como no duermo, me he quedado sentada en la cama mordiéndome las uñas y preguntándome cosas. Y he pensado. He pensado fríamente, porque aunque las pastillas no me hayan dado sueño sí que me han relajado, y está muy claro que yo necesito estar relajada para poder pensar fríamente casi cualquier cosa, desde qué voy a hacer con mi vida el resto de mi vida hasta qué ropa me voy a poner mañana.

Bien. Sin contar los breves apartes mentales centrados en tíos sin camiseta corriendo a cámara lenta por una verde y florida pradera, he pensado en el miedo. Vaya combinaciones, lo sé. Tío sin camiseta- miedo- otro tío sin camiseta- miedo- muchos tíos sin camiseta- miedo- miedo- miedo. Adiós, hombres semidesnudos de mi fantasía.

Llevo dos semanas que parecen dos meses o dos años o mucho tiempo a secas acompañando a mi miedo. Voy con él a todas partes. Somos mi miedo y yo, su mascota y mejor amiga, recorriendo la casa y la calle y hablando con la gente. Bueno, con la gente habla él. Yo me limito a quedarme sentada donde mi miedo tenga a bien amarrarme con ese nudo en el estómago que utiliza para inmovilizarme cuando me apetece emitir algún ladrido de persona libre y confiada. Alguna vez me escapo y lo hago, y aúllo desde el corazón y con todas mis fuerzas, hasta que el miedo vuelve a sujetarme y se venga apretando el nudo un poco más, para que aprenda a temerlo y respetarlo. Creo que empieza a hartarse de mis intentos de rebeldía. Supongo que ésa es la razón de que me envenene las noches y me ponga bilis en el café. Trata de agotarme para que me deje domesticar por él y acate sus normas para siempre, me porte bien y no haga nada, ni siquiera pensar ni hacer listas ni intentar expresarme ni nada que exija un leve resquicio de valor o voluntad. Mi miedo me castra a todos los niveles.

Y yo, pues me voy acostumbrando. Como de su mano. Le he cogido miedo a mi miedo. Le he reservado la mejor habitación que tengo, y tal vez tire la llave de una vez por todas. Supongo que mi vida sin él no tendría sentido. Es el último clavo caliente que mi pequeña mano de uñas mordidas tiene cerca. Mi última excusa y la más verdadera.

Olor personal

sábado, septiembre 12, 2009

Mi casa huele a persona. No sé en qué momento ha empezado a hacerlo, pero lo cierto es que sí: abro las ventanillas de mi nariz lo máximo que puedo, olfateo. Es inconfundible. Es esa clase de olor que te golpea la cara cada vez que entras en un hogar. Hay hogares que huelen a magdalenas o a bizcocho, esos efluvios de alacena oscura y maternal, tradicional y bien surtida. La casa de mi abuela olía así, y la de una amiga de mi infancia. También hay hogares que huelen a ropa nueva, a suelo recién fregado o a bebé o a medicamento. Es normal. Es normal porque son hogares. En ellos vive gente.

Pero mi casa no es un hogar. No es más que una superficie de determinados metros cuadrados donde me dedico a inspirar y expirar el aire que contiene. Y eso no es vivir, para mí. Para mí eso no es más que respirar, no sé lo que opinarán los entendidos.

Mi casa ha dejado de ser mi casa, supongo que en el mismo momento en que yo dejé de sentirme persona. No es que antes entraras y no oliera a nada, claro. Todo huele a algo, no hay que ser ningún Grenouille para advertirlo. Supongo que antes, al abrir la puerta, saltaba cierto aroma indefinible y neutro cargado de nicotina. Que, por cierto, es un gran olor, o por lo menos a mí me lo parece. La nicotina tiene la maravillosa capacidad de tapar cualquier otro olor disponible, con lo que ese recuerdo del tabaco oculta otros miasmas menos reseñables, como el de papel en blanco o almohadas empapadas o cajón desordenado.

Pero el caso es que , como decía, mi casa ha empezado a oler a persona. Y me extraña, porque estoy segura de que no he hecho nada propio de una. Todo apunta a que he abierto alguna ventana y el espíritu de un hogar cercano ha invadido mi intimidad, poseyéndola y obligándola a rendirse ante sus evidentes encantos de guiso, lavadora y noticias de las tres. O puede que tenga un compañero de piso y no lo sepa. Quizá uno de mis viejos amigos invisibles haya decidido visitarme y quedarse un tiempo conmigo, para vigilarme o sisarme dinero para droga (yo ya sabía que acabaría así). He podido no reparar en él, porque ya se sabe cómo son esas indelebles criaturas. Apenas hablan, y su amistad suele ser modesta y pasiva. Pero sobre todo tienen un defecto imperdonable, y es que no los ves. Y sin embargo a éste lo huelo, si es que de verdad se ha instalado en mi casa.

Una tercera teoría aventuraría la congregación molecular de múltiples recuerdos de personas visibles que han pasado por aquí alguna vez, la congregación molecular de cada pequeño resto que han ido dejando, y que juntos han recreado el hálito de un nuevo ser, que con sus propias preocupaciones y asuntos ajenos a mí lleva su anónima existencia dentro de límites espaciales compartidos. Conmigo, para más inri.

Lo peor de todo esto, elucubraciones aparte, es que yo no sé qué hacer con ese olor. No sé si aceptarlo y vivir alegremente con él o, por el contrario, repudiarlo y preocuparme, y lavarme con un estropajo de los que pican, y fregar toda la casa, y limpiarlo todo y dejar esto como los chorros del oro, de un oro falso de casa de muestra, de lugar donde podría haber sido y no fue. Este olor personal está poniendo mi humilde vida patas arriba. Patas arriba, lo digo en serio.

Estoy abierta a sugerencias.


Consejo maternal

miércoles, septiembre 09, 2009

Regalarse, bueno.Pero no os desperdiciéis. Es algo que he visto hacer a la gente muy a menudo. Y cuando digo gente ya sabéis a quién me estoy refiriendo.

Las lágrimas

miércoles, diciembre 31, 2008


Hace cuatro días empezó mi nueva vida echándote de menos. Sé que eso no terminará.

Ahora estás segura dentro de mí.

Violencia gratuita

martes, diciembre 02, 2008

Siento el pesado gotear, lento, de la noche tras los cristales. A ratos apago la luz, y finos hilillos naranjas destripan un hada luminosa, inesperadamente bella, sobre la pared cubierta de posters y fotografías. Por la habitación hay esparcidos papeles, plumas, ropa, lápices con la punta rota. Un viejo semáforo en rojo, colgado burdamente de un alambre en medio de la calle, es el único testigo de mi condena nocturna a la vigilia en medio de la nada. Se diría que nos hacemos gestos. Él me guiña intermitente, yo respondo desde la ventana con párpados perezosos, nostálgicos de ciertos componentes de mi botiquín.

El tabaco toca el arpa sin piedad en mi garganta y bebo agua, me palpo la frente: ardiente, humana, ajena. Fiebre. Robert Smith me taladra la oreja, reproduciendo el misterioso ritmo de esa desesperación que los insomnes conocemos tan bien, ese martilleo que golpea confusamente creciendo y desarrollándose con la delicadeza de una mortal ojera, después de toda la degeneración televisiva (aparatos para alargar el pene, cierto aire lascivo en las imágenes de musculatura yanki sometida a impulsos eléctricos) que impera en el horario de madrugada. Aquí y allá todo es vil, putrefacto, sucio. Saldos. Pornografía barata de carne y de consumo, malos actores que gritan repitiendo una y otra vez el mismo sinsentido, la cargante cantinela cíclica de todas las noches, agujeros, más y más agujeros negros rebosantes de basura, dentro de otro agujero negro más enorme y supurante todavía, que une inexorablemente el fondo de mi cabeza con el espesor rotundo y milimétricamente calculado del universo, que es frío, limpio y oscuro allá fuera, demasiado lejos. Mi corazón está latiendo pero no importa: Oh, cuchillos que cortan la carne congelada como si fuera mantequilla, oh, camas que se hinchan en un minuto, oh, rubias de bote practicando felaciones sobre colchones viejos de muelles que chirrían, en canales locales donde la actividad lamentable de los solitarios despliega su contundencia a través del sms en pantalla. Gente hambrienta cuyos corazones también laten ,esperando una salvación liviana e inmediata, o la divinidad infalible, es decir, sexo, es decir, engañarse mediante las esperanzas de sexo.Y a pesar de mi cansancio contribuyo con mi granito de arena (mi televisor encendido en la penumbra) a la grandiosa sinfonía de insensateces, de avalancha comercial y de asfixia genital. El cóctel ideal para el embotamiento de los sentidos – y los mejores orgasmos de las pornstars en tu móvil- están a mi alcance aunque intente escapar de ellos, y mi cuerpo quieto, soportando una estabilidad soez de animal disecado, se mantiene impávido mientras una terrible reacción bioquímica de interiores amenaza con empeorar la madrugada. Y poco a poco, mientras amoratados órganos en primerísimo plano entran bajo presión, el locutor llega a la culminación de su oferta, la rubia de bote grita cerrando los ojos en éxtasis, y es la apoteosis: Todos eyaculan a un tiempo, ofertan otro aparato de abdominales y son bendecidos por la mano amable del vidente, cada uno en su canal correspondiente pero a la vez, confundidos en un miasma repugnante de residuos hacinados y refritos para un dudoso reciclaje. Yo espero el sueño con dignidad, en comparación y en pijama, con las manos heladas. Todo es perfecto, sospechosamente cómodo, insistentemente rápido y fácil. Con otra eternidad gratis por la compra de una en las próximas 72 horas, la noche nunca tuvo tantas posibilidades.

Noviembre

jueves, noviembre 27, 2008

Cántame eso, dijo.

Estábamos insertados uno en el otro. Simplemente. Se trata de esas cosas sencillas en las que uno no repara cuando suceden. Está demasiado ocupado en sentir los gozos de las inserciones y viceversa, y las ideas y los conceptos sólo acuden cuando, por un descuido, la mente se distrae y se concentra aleatoriamente en algo común y corriente, en alguna insignificante cosa vulgar que le ayude a no morirse de gusto y vacío, de calor y suciedad. Así que no llega a sentir lo concreto y lo objetivo: que dos seres individuales, más o menos independientes, están traicionando el principio máximo de la soledad y se están insertando (y viceversa) el uno en el otro. Todas sus pequeñas individualidades, de pronto, se pervierten en el caos. El común denominador. Esa zona caliente y generalmente rosada, pequeña en comparación con el mundo, donde coinciden los dos sujetos, de la forma más natural y certera posible.

En fin, él dijo cántame eso, y yo lo canté. Soy humana.

Tenía un tatuaje.
Sabía hacer un truco imposible (“pon la oreja en mi corazón y escucha”, saltarse uno o dos latidos, quedarse aparentemente muerto un segundo, con los ojos húmedos de lágrimas, miel, hiel, estaba oscuro, quién sabe). Conocía muchos más trucos. Era un mago disfrazado de físico, o tal vez lo contrario, pero en cualquier caso yo me quedo con la primera opción, y lo conocía bien. También lo quería, y no crean que ambas cosas son demasiado compatibles para mí.

Era íntegro. Solía llevar botas de excursionista. Tenía barba. Signo géminis. Parecía un etarra. Su madre me derramó sopa encima. Fue a propósito.
Datos suficientes para entender que yo cantara eso. Así que lo hice.

Sus manos se convirtieron en un estallido de mariposas e inauguró una sala de fiestas en mi interior que no sabía que existía. Todo esto aconteció sobre un colchón diminuto. Sí, el amor soñó con nosotros sobre un colchón diminuto, mientras los faros de los coches a través de la persiana iluminaban una y otra vez las paredes del estudio.

El parque de la Ciutadella. Millones de pequeños copos de nieve, fundiéndose con nosotros. Mi bolsillo lleno de calor y su mano llena de mi frío. Símbolos masónicos en una biblioteca. Señal mesiánica en su gesto de arroparme y abrocharme el cinturón. Un beso infinito en una librería (no lo digo porque fuera largo).
Málaga. Nuestra almohada que después, y a pesar de tanto transeúnte, sólo ha sido mía. Sus cosas en mi cuarto de baño. La confianza que todos, tarde o temprano, merecida o inmerecidamente, acabamos recibiendo o regalando.

¿He dicho ya que canté eso?Sí señores.

Ha pasado bastante tiempo desde entonces. He cumplido años y he conocido gente y me he enamorado frugalmente, y también he cantado eso muy a menudo, a solas pero como si tuviera audiencia. Y a él le he buscado y encontrado. Y el saber que está bien y que así es la vida no quita que todos los noviembres servidora llore, despacito y con monotonía, como si estuviera desayunando o haciendo cualquier otra cosa habitual en la vida diaria. No me perdono haber sido tan gilipollas. Algunos pensarán que me pongo emocional, que qué mierda de cursiladas son éstas, de pronto y sin avisar. Otros, espero que los menos, sabrán de qué hablo y lo serio que es. Porque estoy escribiendo sobre el maldito hombre de mi vida. Así, con todas las letras. Maldito Hombre de mi Vida. A veces pienso que no es posible echar tanto de menos a alguien, a no ser que se trate de uno mismo. Y entonces algo me dice que que yo ya no soy yo, desde hace mucho tiempo. Que me quedé enquistada en su zona rosada, o que me escondí en el latido que él, posiblemente, sigue saltándose en sus encuentros más íntimos. Vivo en el oído de alguien sordo, en una pieza cualquiera en la que , cualquier noche como la de hoy, queda insertado él por los milagros de la naturaleza. Allí, por los siglos de los siglos. Fatal y decisivamente. Amén.